Evangelio y sociedad: resistencia y esperanza

Una correlación entre el Evangelio y la sociedad: Una propuesta de resistencia y esperanza

9no Congreso de Teología y Espiritualidad desde la Montaña, UIPR Recinto de Barranquitas (2026)

Llego a esta reflexión no desde una perspectiva académica abstracta, sino como una teóloga práctica, artista y pastora que cruza continuamente las fronteras entre la academia, la iglesia y la sociedad. A lo largo de mi ministerio, me ha perseguido una pregunta: ¿Cómo proclamamos con fidelidad un mensaje antiguo de forma pertinente dentro de una sociedad occidental, que se distingue por rápidos cambios culturales, por mucho ruido digital, pluralismo y una marcada alienación existencial?

Tratando de encontrar respuestas para esta pregunta, en agosto del 2025 escribí una breve columna para el periodico el Nuevo Día titulada “El problema de Puerto Rico no es Benito”. El escrito obtuvo, desde respuestas positivas, análisis críticos de los lectores, hasta reacciones viscerales en mi contra, tanto de cristianos como no cristianos. Eso nos demuestra cuánta tensión y hasta animosidad puede generar el tema de la intersección del evangelio y la cultura. 

Les voy a leer lo que compartí entonces, porque representa, precisamente un ejercicio de teología práctica, que nos puede ayudar a ver de forma concreta cómo conectamos teológicamente la cultura y el evangelio:

“Con motivo de los conciertos de Bad Bunny, Puerto Rico vive un avivamiento de identidad cultural en la residencia No me quiero ir de aquí, del artista Benito Martínez. Sin embargo, algunos sectores religiosos y políticos han tratado de reducir su propuesta y desviar la atención hacia su lenguaje sexual explícito para invalidar la profundidad de lo que el artista representa en esta nueva etapa de su carrera.

Cada semana se vive una alegría particular cuando la gente se prepara para el concierto de Bad Bunny. No se trata solo de ir a escucharlo: es una fiesta de afirmación de nuestra identidad cultural, un espacio para dejar atrás los problemas, cantar, bailar y compartir. Es una pausa en la cotidianidad compleja de la colonia, para permitirnos soñar que al salir del Choli encontraremos un país mejor.

Mientras tanto, en el día a día, entre apagones, falta de agua potable y violencia, un muchacho “bagger” de supermercado crea una revolución cultural recibiendo a todos como son, sin importar si hablan malo, beben o fuman. En esta fiesta de pueblo, donde todos son bienvenidos, nos dice: “dale un abrazo al que vino contigo, da gracias a quien te trajo, manda un beso pa’l cielo a la gente querida que se nos fue y denle un aplauso a papi y mami”. Ese momento de gratitud y llanto evidencia el carácter moral de nuestro pueblo, nuestras ganas de abrazar y de amar.

Cuando las personas son vistas sin ser juzgadas, se fomenta la cohesión social y se fortalece la identidad. Esto hace posible un cambio genuino, porque la transformación comienza con la afirmación, no con la coerción. La afirmación es el fundamento de una transformación auténtica

A fines del primer siglo de la era cristiana, en una realidad colonial parecida a la del Puerto Rico de hoy, cuando los religiosos aliados con el imperio [romano] perdieron su papel crítico-profético de denuncia, los seguidores de Jesús afirmaron la dignidad humana y de los grupos marginados brindándoles sanidad física y restituyéndolos a la vida comunitaria y religiosa. Así se desarrolló un fuerte sentido de cohesión, una nueva identidad liberada y una transformación auténtica. Por eso la Biblia afirma que “había gran alegría en aquella ciudad” cuando se compartía el mensaje de Jesús [lo que nosotros hoy llamamos evangelio o buena noticia] (Hch 8:8)

Frente al testimonio bíblico de la alegría colectiva que producía el mensaje de Jesús, me pregunto: ¿qué pasa a los cristianos que ya no contagiamos nuestra ciudad con alegría? En vez de sanar y afirmar, protagonizamos debates que nos hacen parecer enemigos entre nosotros mismos. Criticar a Bad Bunny diciendo que el diablo se apoderó de la isla no nos ha traído alegría. Porque Benito no es el problema de Puerto Rico. El problema de Puerto Rico es la [colonia], la corrupción y la violencia

Pero lo que ha logrado Benito debe confrontarnos: ¿qué estamos haciendo para que la gente se sienta afirmada y regrese la alegría a nuestra ciudad? Porque solo cuando la gente es afirmada en su dignidad se pueden generar transformaciones auténticas que nos devuelvan la alegría.” (https://www.elnuevodia.com/opinion/punto-de-vista/el-problema-de-puerto-rico-no-es-benito/)

La intención de esta breve reflexión teológica que nace del contexto es precisamente poner en diálogo el evangelio y la cultura en un momento en el que nos encontramos en una coyuntura histórica crítica. En el panorama occidental contemporáneo, las instituciones religiosas tradicionales ya no tienen el lugar de privilegio en la sociedad que solían tener. La secularización, el colapso de las metanarrativas modernas y el surgimiento de los ecosistemas digitales han transformado la forma en que los seres humanos construyen su identidad, buscan significado y experimentan lo sagrado. Si el proyecto teológico cristiano permanece anclado en una estructura eclesial rígida, hablando un lenguaje que la cultura no puede hablar ni habitar, se corre el riesgo de reducir el Evangelio a un concepto de museos o un relato mítico de la antigüedad.

Sin embargo, el Evangelio de Jesucristo no es un conjunto estático de proposiciones que deba preservarse a la defensiva; es una realidad dinámica y viva destinada a ser encarnada y experimentada a través de las generaciones. Para poder articular un diálogo constructivo entre el Evangelio y la sociedad contemporánea, debemos ir más allá del aislamiento defensivo y de una postura acrítica y fundamentalista.

Necesitamos una metodología rigurosa, dialéctica y transformadora, una metodología que entre en la plaza pública, analice críticamente los textos culturales y pueda mediar el poder liberador del Evangelio para la renovación social. Una metodología que nos permite resistir los vientos de tormenta, no de forma pasiva, sino con una contrapropuesta de esperanza profética.

Intersecciones y tipologías

Cualquier intento teológico de alinearse con la sociedad o de rechazarla, debe primero entender mejor cómo diferentes tradiciones cristianas se relacionan con la cultura. Porque no todos los cristianos interpretamos el texto bíblico de la misma manera y tampoco lo aplicamos igual. Hay principios fundamentales comunes a todas las tradiciones, pero hay muchos otros temas dentro de las escrituras, sobre todo con lo que tiene que ver con la relación con la sociedad, en los que existe una gran diversidad de interpretación y aplicación. 

La cultura no se demoniza ni se idolatra; más bien, se reconoce como el escenario dinámico de la actividad humana donde Dios está obrando.

Por esto, el teólogo Richard Nieubuhr desarrolló unos modelos que nos ayudan a entender cómo los cristianos hemos navegado históricamente la intersección del evangelio y la cultura. Niebuhr esbozó cinco tipos ideales: Cristo contra la cultura, El Cristo de la cultura, Cristo por encima de la cultura, Cristo y la cultura en paradoja, y Cristo el transformador de la cultura.

Si bien cada tipo destaca perspectivas reales dentro de la tradición cristiana, dos de esos polos representan polarizaciones extremas en nuestro panorama eclesial contemporáneo. En un extremo, la postura de Cristo contra la cultura ve el mundo secular como inherentemente corrupto, abogando por un aislamiento radical de la sociedad para poder mantener una vida de santidad. En una era postcristiana, este aislamiento sectario renuncia a la responsabilidad pública de la teología, dejando a la sociedad sin una voz profética. Por el contrario, en el otro extremo, la posición de El Cristo de la cultura armoniza acríticamente el Evangelio con los valores culturales dominantes, arriesgándose a bautizar el statu quo y destripar al mensaje cristiano de su elemento contracultural y transformador.

Es el quinto tipo de Niebuhr, Cristo el transformador de la cultura, el que puede ofrecernos una base importante para nuestra propuesta de una praxis transformadora. Esta postura ve la cultura como buena, aunque corrompida por el pecado, pero a la vez, sujeta al poder redentor y transformador de Cristo. La cultura no se demoniza ni se idolatra; más bien, se reconoce como el escenario dinámico de la actividad humana donde Dios está obrando.

Niebuhr, también proponía que antes de preguntarnos “¿qué debo hacer?” Ante los desafíos morales del yo y la cultura, el yo moral responsable debe hacerse una pregunta hermenéutica anterior: “¿Qué está sucediendo?” Esto exige que los teólogos prestemos atención a las realidades sociales, políticas y culturales, discerniendo los signos de los tiempos y respondiendo de maneras que se alineen con la continua acción redentora de Dios en la historia.

Metodologías y paradigmas contemporaneos

Para trascender la teoría abstracta y conectar la revelación bíblica con la experiencia contemporánea, la teología recurre a metodologías de correlación. Paul Tillich propuso un diálogo dialéctico entre las preguntas existenciales de la cultura y las respuestas del evangelio, aunque limitando a la cultura a un rol pasivo. Sin embargo, David Tracy reformuló esta propuesta en una correlación mutuamente crítica, donde la cultura no solo cuestiona la tradición sino que expone los sesgos institucionales del cristianismo, a la vez que hace énfasis en cómo el mensaje cristiano ejerce una crítica profética sobre la cultura, desenmascarando sus ídolos y sus falsos absolutos.

Para entablar hoy ese diálogo crítico los teólogos prácticos debemos comenzar por preguntarnos, ¿Cuál es la naturaleza del espacio “público” que habitamos y cómo podemos entrar en una relación dialéctica con este?

Estamos navegando un cambio profundo de la época de la modernidad a la posmodernidad, acelerado aún más por la revolución digital. Donde la modernidad exaltó el antropocentrismo, el racionalismo lineal, la certeza científica absoluta y la salvación individualista. Sin embargo, la posmodernidad representa una reacción contra estas grandes metanarrativas. La promesa de la modernidad de un progreso humano inevitable a través de la razón, se ha fracturado bajo el peso de las crisis históricas, la degradación ecológica y las injusticias sistémicas.

El individuo contemporáneo, especialmente entre las generaciones emergentes, no busca proposiciones abstractas y lineales. En una cultura EPIC/A, experiencial, participativa, basada en imágenes y conectada, que apunta hacia la praxis contextual, la verdad no se descarga simplemente como información cognitiva; se descubre a través de la inmersión, las relaciones encarnadas, la narrativa visual y la participación colaborativa.

De acuerdo al teólogo Craig Detweiler esta realidad cultura se construye en las “plazas públicas” de la cultura popular: las redes sociales, el cine, las narrativas en streaming, no solo en los lugares de encuentro geográfico, sino también en los espacios de habitación sincrónica y asincrónica digital. La cultura popular se ha convertido en el escenario principal donde la sociedad lucha públicamente con las preguntas últimas sobre la vida, la muerte, la identidad, el sufrimiento, la redención y la esperanza. Las películas, las narrativas digitales y las plataformas en línea funcionan como parábolas modernas: historias cotidianas y visuales que contienen teologías subyacentes, anhelos y clamores existenciales por una intervención divina.

Los medios digitales representan una ecología que moldea la conciencia humana, la relacionalidad y la formación espiritual. Así como la invención de la imprenta reconfiguró fundamentalmente la Reforma Protestante, la revolución digital representa un punto de inflexión que exige reimaginar desde la raíz cómo se proclama, se interpreta y se vive el Evangelio. Desde ahí nos asimilamos o resistimos y anunciamos esperanza a la misma vez. Así, abarcamos más que antes, llegamos a los espacios más recónditos de nuestra sociedad y a múltiples generaciones al mismo tiempo.

El Evangelio como catalizador de la renovación social

Si el Evangelio ha de correlacionarse significativamente con esta sociedad EPIC/A postmoderna, ¿cómo proponemos entonces una verdadera praxis transformadora?

La salvación, por lo tanto, debe entenderse teológicamente como una liberación integral: la irrupción del Reino de Dios para sanar tanto los corazones humanos como las estructuras sociales.

La praxis transformadora va más allá del diálogo teórico, tiene que fomentar una acción encarnacional. Basándose en las teologías de la liberación, decoloniales, políticas, contextuales y posmodernas, una praxis transformadora reconoce que el pecado no es solo una falla moral individual, sino una realidad sistémica y estructural incrustada en las instituciones sociales, la explotación económica, el racismo, la misoginia y la opresión cultural.

La salvación, por lo tanto, debe entenderse teológicamente como una liberación integral: la irrupción del Reino de Dios para sanar tanto los corazones humanos como las estructuras sociales.

Metodología encarnacional: Jesús en la plaza pública

Jesús nos ofrece el paradigma definitivo para una praxis transformadora. Jesús no estableció una sede religiosa aislada exigiendo que el mundo viniera a él. Él caminó directamente hacia las plazas públicas: en caminos polvorientos, junto a los pozos, en cenas con marginados y en todos los espacios públicos. Jesús habló en parábolas tomadas de las experiencias cotidianas de sus oyentes, utilizando imágenes culturales accesibles para desorientar las suposiciones convencionales y reorientar a las personas hacia las demandas radicales del Reino de Dios. 

Una praxis transformadora contemporánea debe imitar esta postura encarnacional. Los teólogos y líderes pastorales deben salir de los santuarios eclesiásticos fosilizados e ingresar a los mercados físicos y digitales donde la gente vive realmente, hablar sus lenguajes culturales nativos, hacer y fomentar las preguntas honestas y co-crear espacios liminales de gracia y transformación.

Claves hermenéuticas posmodernas y las narrativas contracultura

Leer la cultura teológicamente requiere herramientas hermenéuticas contextuales que nos permitan discernir, cuándo afirmar la cultura cuando ésta refleje la Imago Dei, la gracia común, la dignidad humana y los anhelos auténticos de justicia y paz. Pero también debemos de aplicar la crítica social y el discernimiento teológico para desenmascarar dinámicas de poder ocultas, contradicciones ideológicas y pecados sistémicos a manera de problematización del status quo. Pero este nivel de resistencia intelectual y pacífica en ocasiones necesita considerar un nivel de transgresión que rompa con las normas culturales opresivas, los ídolos del individualismo, de la falta de solidaridad y empatía y falta de sentido de responsabilidad hacia el bienestar colectivo, para poder proclamar la realidad liberadora de la Cruz desde la esperanza anticipada de la Resurrección.

Si bien la posmodernidad rechaza con razón, las metanarrativas humanas opresivas y totalizadoras, los seres humanos no pueden florecer sin un horizonte de esperanza. El Evangelio ofrece una gran narrativa que no descarta la diversidad humana, sino que da la bienvenida a cada historia personal dentro de un mosaico que desde su diversidad construye la imagen de Dios.

En una sociedad hipersaturada por el individualismo, el ruido digital y el consumismo, donde a menudo se reduce a Dios a una máquina expendedora cósmica diseñada para derramar prosperidad sobre ambiciones personales, el Evangelio introduce una “memoria subversiva” radical (memoria passionis–Metz) . Señala al Cristo Crucificado, revelando que el poder de Dios se perfecciona en la vulnerabilidad, en el amor ágape–sacrificial y en la solidaridad con los marginados. El Evangelio llama a la iglesia y la sociedad a dirigirse hacia un compromiso de pacto para la búsqueda del bien común.

Por último, una praxis transformadora exige que la iglesia modele en su interior el diálogo abierto, inclusivo y reconciliador. Cuando la iglesia encarna un habitus participativo, inclusivo y multigeneracional, acogiendo dudas, honrando diversas expresiones culturales y defendiendo la dignidad de cada persona, se convierte en un sacramento vivo y en una estructura alternativa para una sociedad fragmentada.

Conclusión

Correlacionar el Evangelio con la sociedad contemporánea no es ni un ejercicio de conformidad cultural pasiva ni una disciplina de la academia. Es un viaje valiente de humildad y vulnerabilidad.

Al reflexionar sobre las características cambiantes en el panorama cultural contemporáneo, me vienen a la mente los árboles de nuestro país. Durante los cambios de clima o las tormentas tropicales, un árbol pierde sus hojas; parece marchitarse, pero sus raíces están creciendo más profundamente en la tierra y abrazándose al subsuelo para resistir la tormenta. Con el tiempo, le brota un nuevo follaje, emergiendo más resistente y más hermoso.

Esta es la clave de una praxis teológica de resistencia y esperanza en nuestro tiempo, permitir que nuestros métodos, estructuras y lenguaje sean renovados y transformados por el Espíritu Santo, manteniendo nuestras raíces profundamente ancladas en la verdad eterna del Evangelio de Jesucristo, pero siempre sensibles a los vientos de cambio. No temamos la complejidad de nuestra sociedad posmoderna. En su lugar, renovemos nuestro compromiso cristiano de amor radical, convirtámonos en “tejedores de esperanza”, participando en una praxis transformadora que invite a nuestra sociedad a reimaginar sus posibilidades al encuentro con el Dios vivo y participar en la realización continua del Reino de Dios de justicia, paz y reconciliación.

 En una sociedad donde la violencia, la escasez material y el deterioro moral han alcanzado niveles casi inimaginados, el evangelio no le puede ceder su lugar a artistas o influencers, aunque converse con ellos. Tiene que recobrar un lugar central, no como aliado de los gobiernos, sino desde una distancia profética, de resistencia, de denuncia y también de anuncio. El evangelio se anuncia como una realidad que irrumpe y anticipa el Reino de Dios y se sitúa en medio de la sociedad para transformarla. Y la veracidad de ese anuncio se prueba en su capacidad para devolver la alegría a la ciudad, como ocurría en el primer siglo.

¡Que así nos ayude Dios!

Referencias

  • Bosch, David J. Transforming Mission: Paradigm Shifts in Theology of Mission. Maryknoll, NY: Orbis Books, 1991.
  • Detweiler, Craig. Matrix of Meaning: Popular Culture Where the Secular and Sacred Connect. Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2012.
  • Lyotard, Jean-François. The Postmodern Condition: A Report on Knowledge. Minneapolis: University of Minnesota Press, 1984.
  • Niebuhr, H. Richard. Christ and Culture. New York: Harper & Row, 1951.
  • Niebuhr, H. Richard. The Responsible Self: An Essay in Christian Moral Philosophy. New York: Harper & Row, 1963.
  • Sweet, Leonard. Postmodern Pilgrims: First Century Passion for the 21st Century Church. Nashville, TN: B&H Publishing Group, 2000.
  • Tillich, Paul. Systematic Theology. 3 vols. Chicago: University of Chicago Press, 1951–1963.
  • Tillich, Paul. Theology of Culture. New York: Oxford University Press, 1959.
  • Tracy, David. Blessed Rage for Order: The New Pluralism in Theology. New York: Seabury Press, 1975.
  • Tracy, David. The Analogical Imagination: Christian Theology and the Culture of Pluralism. New York: Crossroad, 1981.
  • Valentín-Vera, Ivelisse. “El arte de una proclamación épica: desafío de la posmodernidad”. Voces teológicas en dialogo con la cultura, ed. Luis Rivera Pagán. Ediciones Gaviota: San Juan. 2017.
  • Valentín-Vera, Ivelisse. It’s all About Language: Towards an Intercultural Youth Ministry. DMin diss., Drew University, 2015.

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