Estamos tan confundidos

¡Qué muchas cosas han pasado en las últimas semanas y meses en el mundo! Y la realidad es que muchos no entendemos por qué pasan las cosas que pasan.

Hoy en día, la gente cree que todo lo puede aprender con Google, Inteligencia Artificial, Facebook, Tik Tok o Instagram, parecería que todo el mundo es experto en todo. Hay expertos en política, en conflictos internacionales, en conflictos geopolíticos. Y no hablemos de los expertos en medicina, en Biblia y teología. 

Sin embargo, parecería que vivimos tan confundidos. Vivimos tan confundidos que hasta los políticos confunden la moral, la guerra, la política y la religión, como si una no tuviera que ver con la otra. Y eso para darnos un ejemplo de que el exceso de información no es lo mismo que conocimiento y leer mucho no es lo mismo que ser educado. Decir que somos cristianos tampoco es lo mismo que entender las escrituras y mucho menos, que conocer el corazón de Dios.

Si me dejo llevar por el relato de resurrección de los caminantes que iban hacia Emaus (Lucas 24:13-35), vamos a ver que estos dos hombres eran parte del grupo de discípulos que acompañaba a Jesús, y estos hombres habían sido instruidos toda la vida como judios, en la ley y los profetas y aun así no entendían lo que había pasado. Estos hombres van discutiendo los acontecimientos de la semana como hacemos todos, con los amigos, con la familia, con los compañeros de trabajo. Pero precisamente porque no entendían, porque estar expuesto a la religión porque es tradición no es sinónimo de entender, precisamente porque no entendían, habían decidido regresar a su pueblo y abandonar el proyecto de Jesús.

¿Ahora qué? Después del tiempo invertido siguiendo a Jesús y después de abandonar a los demás discípulos, ¿Ahora qué? Hay una enorme confusión en ellos y por eso van discutiendo sobre los acontecimientos tratando de entender. Pero Jesús, que ve su esfuerzo por comprender, y que ve la tristeza en sus corazones, se les une aunque ellos habían abandonado su proyecto.

Jesús puede hacernos recuperar la alegría y la pasión aun cuando los problemas no desaparezcan.

Entonces, a la luz de todos los acontecimientos que nos suceden diariamente como sociedad, es importante que nos mantengamos. Los cristianos y las cristianas, tienen que mantenerse unidos para buscar en unidad la iluminación de Dios para comprender y enfrentar los acontecimientos del diario vivir, sean acontecimientos mundiales, sean acontecimientos de país, sean acontecimientos familiares. Porque donde hay dos o más reunidos ahí está la presencia inspiradora y correctora de Jesús.

Porque, a lo que Jesús le dedicó más tiempo en los evangelios, no fue a sanar ni a salvar, fue a enseñar. Porque aprender la Palabra de Dios nos transforma para salvación. Porque la Palabra de Dios se proclama, se anuncia y se enseña. Y la Palabra de Dios tiene la fuerza, cuando es proclamada con integridad y con pasión, tiene la fuerza de quemar nuestros corazones, de marcar nuestros corazones, de hacer arder nuestros corazones cuando se proclama y se enseña con denuedo, con valentía.

Eso fue lo que le sucedió a esos dos discípulos frustrados, rendidos y confundidos. Les regresó la pasión cuando escucharon a Jesús hablar. En este caso, no fue la presencia de Jesús la que hizo la diferencia en ellos, fueron las enseñanzas de Jesús, acaso, ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras? Y esto nos va a catapultar a un relato posterior en el cual el Espíritu lleva a Felipe a encontrarse con un eunuco simpatizante del judaismo que también había presenciado los acontecimientos de Jesús y tampoco los entendía. Y aunque iba leyendo al profeta Isaías no lograba entender la relación entre la profecía y lo que había sucedido, y el mismo le dice a Felipe, “cómo voy a comprender si nadie me lo explica”. Y es esa explicación la que hace también arder el corazón del eunuco par llevarlo a las aguas del bautismo.

Esa es la emoción que hace que los discípulos confundidos camino a Emaus le digan a Jesús “Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado (pronto será de noche)”. Jesús se insertó en su conversación a lo largo del camino, aunque no lo identificaran, porque estaban hablando de el. Jesús está cerca, aunque no lo reconozcas. Porque mientras más dudemos y más confundidos estemos, cuando hablamos de Jesús y tratamos de entender, Jesús se acerca o Jesús envía a personas como Felipe para que nos expliquen.

Pero nuestra respuesta a ese acercamiento es vital, es lo que hace la diferencia en nuestra vida. Y los caminantes se vieron ante la decisión de dejarlo ir, o invitarlo a quedarse. Y en ese mismo punto nos encontramos muchas veces. ¿Lo invitamos a quedarse o lo dejamos que se vaya?

Cuando no encontramos pasión en su palabra, cuando nos da lo mismo si venimos una vez mes o de vez en cuando a la iglesia, dejamos ir a Jesús. Cuando no vemos valor en la Palabra de Dios para ayudarnos a comprender los acontecimientos del día a día y cuando no aceptamos que la vida, la muerte, la guerra, la violencia, la paz, son asuntos morales y el cristianismo tiene algo que decir de eso, dejamos ir a Jesús. Cuando creemos que el cristianismo hace más daño que bien y que ha perdido el valor para transformar la sociedad, dejamos ir a Jesús. Cuando creemos que no hay nada que se pueda hacer para ayudar nuestra situación, sea cual sea, hemos dejado ir a Jesús.

El texto dice que la noche se acercaba y el día declinaba. Y si ellos sintieron esa pasión cuando el hablaba aunque no lo reconocieron, me inclino a pensar que deben de haber sentido temor o tristeza de que el se fuera. Es como cuando estamos triste y llega alguien a visitarnos y esa nube de pena se nos va disipando y nos escuchamos decirle a la persona “ay que pena que te vas” o “por qué no te quedas un ratito más”. Porque la presencia de esa persona nos ha hecho bien, ha disipado nuestra pena, nos ha renovado la alegría.

Ellos fueron recuperando la alegría y la pasión sin saber que era Jesús quien les hablaba. Ellos fueron recuperando la alegría y la pasión aun cuando seguían pensando que Jesús estaba muerto. Eso quiere decir que Jesús puede hacernos recuperar la alegría y la pasión aun cuando los problemas no desaparezcan.

Y lo más maravilloso de este relato, es que la presencia de Jesús y la enseñanza de Jesús sobre la ley y los profetas, hace que estos dos hombres regresen donde están los discípulos. Porque el cristianismo no es una religión individual ni para autodidactas. No porque el Espíritu Santo no pueda inspirarnos. Pero porque el judeocristianismo es una tradición social, comunitaria, para que el mundo crea.

Y eso florece en la familia de la fe sentada alrededor de la mesa. Ahí es donde el Señor nos quiere. En la mesa. En la mesa como el lugar, no solo en el que nos alimentamos sino donde hablamos de lo que ha pasado en la familia, de lo que han dicho en las noticias, de lo que hemos leído en los periódicos o hemos escuchado en los podcasts de noticias. Ahí donde podemos compartir opiniones, donde hay multitud de consejo para encontrar sabiduría, como dice en el libro de Proverbios.

Ahí en la mesa es donde los discípulos se dan cuenta de que el que les ha hecho arder el corazón es Jesús. Por eso, este texto es un llamado a invitar a Jesús a que se quede con nosotros. Es un llamado a avivar la pasión y el fuego del corazón en la presencia del resucitado. Es un llamado a que lo dejemos caminar con nosotros y lo invitemos a quedarse, a sentarse a la mesa y partir el pan para nosotros. Y dejarlo que el sea nuestro anfitrión para que nuestros ojos se abran y nuestro corazón vuelva a arder de pasión.

¡Gracias por su vista!

Website Powered by WordPress.com.

Up ↑