El día en que Dios llegó a mi vecindario

El día en que se celebra la navidad me lleva a recordar cuando escogimos el pueblo y el vecindario en el cual queríamos vivir cuando naciera nuestro hijo.

El lugar donde habitar, donde establecer un hogar y darle sentido de identidad y pertenencia a nuestro hijo no era para nosotros una decisión liviana o fortuita. Ese sitio tenía que ofrecer todo lo que anhelábamos y aspirábamos para ayudarlo a formar su carácter e identidad. Ciertamente, no esperábamos conseguir un lugar perfecto, pero sí un lugar con el potencial de convertirse en el espacio idóneo para que nuestro hijo alcanzara su realización personal. No se trataba de escoger un lugar de opulencia, sino de escoger un lugar dentro de nuestras posibilidades, en el que nos sintiéramos en casa.


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Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.

Juan 1:14-16

En el prólogo joanino Dios nos sorprende con su proceso de elección de la forma que tomaría su hijo y el lugar a dónde le enviaría para habitar en relación con su creación. Mientras que en los versos del 1-13 nos habla de la pre-existencia de su hijo y de su función en el misterio divino, del 14-18 nos presenta su interacción con la creación desde la humanidad misma del Verbo.[1]

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.” (Jn 1:3-4)

La grandeza y trascendencia de Dios encuentra una forma y un vecindario digno en la humanidad para hacer su morada permanente: habitar. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (v14) Habitar significa una acción reiterada, repetida, permanente. Eso quiere decir que Dios vino para quedarse. En Jesús conocemos un Dios cercano que nos considera dignos de habitar entre nosotros. En la persona de Jesús, Dios se hace presente, cercano; inmanente. Comparte su Misterio Sagrado en paradoja con la vulnerabilidad y dependencia de un niño envuelto en el milagro de la vida.

“El conocimiento de Dios se ha hecho en Jesús visión de un ser humano. Efectivamente, en Jesús se produjo la humanización de Dios. La trascendencia se ha hecho palpable en la inmanencia.[2]

Es en la inmanencia del trascendente en la que podemos experimentar el Misterio. Dios, absolutamente otro también está cercano. ¡Y eso hay que celebrarlo! Dios ha venido a vivir en mi vecindario. Exalta su creación con su abajamiento. Con su llegada nos deja saber que tenemos el potencial de bien para convertirnos en el pesebre de su santidad, a la vez que necesitamos de El para alcanzar nuestra redención.

El mundo puede aspirar a la paz porque en el rostro del niño de Belén vemos la ternura que anticipa y caracteriza el reino de Dios. Este reino se hace presente en Jesús como el mismo lo anunciará en voz del evangelista Lucas mientras proclama una bienaventuranza, un motivo de alegría, para los pobres, para los que lloran, los humildes, los sedientos y perseguidos por causa de la justicia; para “los que procuran la paz, pues ellos serán llamados hijos de Dios”.[3]

“Lo humano y lo divino no son realidades que se excluyen mutuamente. Lo humano es ‘la puerta’ que nos permite ‘entrar’ en lo divino.”[4] 

Esa llegada de Dios a nuestro vecindario es el motivo de celebración de hoy, como lo ha sido por más de dos mil años y como lo seguirá siendo. Hoy la presencia de Dios no se limita a una tienda de campaña o tabernáculo, como en tiempos de Moisés; tampoco en lo estático de un templo en una localización geográfica. Hoy, más que nunca, en una experiencia tan humana como la Pandemia y tan deshumanizante como el distanciamiento social hemos experimentado la Presencia que trasciende los límites de nuestra humanidad; que nos mantiene unidos misteriosamente y que nos infunde esperanza aun en las noches más oscuras.

El niño que hoy celebramos encarna el amor de Dios que reconoce nuestra humanidad con sus vicios y virtudes, en sus angustias y sufrimientos y aun así asume nuestra forma deseando vivir entre nosotros. También nos revela la gloria del Padre en una expresión gratuita que “sigue fluyendo sin interrupciones, sin escasez, sin limitaciones, sin tacañería, en otras palabras, en abundancia.”[5]

Hoy nuestro vecindario, nuestra casa, nuestra vida se llenan de gozo porque ha llegado a habitarlo la plenitud y la gloria de Dios. Se ha engalanado la humanidad una vez caída, con la llegada de un niño que representa gozo, salvación, paz, unidad y esperanza. Nuestra vida, que una vez pareció sombría a causa de nuestro pecado y nuestro sufrimiento hoy se ilumina con el resplandor de Su gloria. Hoy las tinieblas se disipan y el futuro cobra un nuevo sentido.

Dios ha escogido mi barrio, mi calle, mi vecindario para vivir, porque quiere mostrarnos su gloria. ¿Qué puedo ofrecer para celebrar su llegada?

*Publicado en: Al Mundo Paz: Reflexiones Bíblicas de Adviento y Navidad. Universidad Interamericana de Puerto Rico. 2021.


[1] Para ampliar este tema se puede consultar: Hugo Zorrilla y Daniel Chiquete. Evangelio de Juan. Florida: Sociedades Bíblicas. 2008. Págs. 28-33.

[2] José María Castillo. La humanidad de Dios. 2011. PDF https://jesuitas.lat/uploads/la-humanidad-de-dios/JOS%20MARA%20CASTILLO%20-%202011%20-%20LA%20HUMANIDAD%20DE%20DIOS.pdf

[3] Mateo 5:3-12

[4] José Antonio Pagola. El camino abierto por Jesús: Juan. EU: PPC. 2013. Pag. 20.

[5] Zorrilla y Chiquete. 2008. 31.

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¿Alguna vez has sentido que, a pesar de tener toda la información del mundo al alcance de tu mano, te sientes más perdido que nunca?. En este episodio de EnRumbo con Ivelisse, exploramos la profunda confusión que marca nuestra sociedad actual, donde el exceso de datos no siempre se traduce en conocimiento real, ni la lectura constante en verdadera educación.A través del relato bíblico de los caminantes de Emaús, Ivelisse Valentin Vera nos invita a reflexionar sobre esos momentos en los que el desánimo y la falta de entendimiento nos tientan a abandonar nuestros proyectos y convicciones. Analizamos cómo, al igual que aquellos discípulos, a menudo discutimos los acontecimientos del mundo —guerras, política y crisis— sin lograr descifrar el propósito detrás de ellos.En este episodio descubriremos:La diferencia entre "saber de todo" y comprender el corazón de Dios: Por qué la "Facebook Academy" o las tendencias de TikTok no sustituyen la profundidad de las Escrituras.La importancia de la comunidad: Por qué mantenernos unidos es vital para encontrar iluminación frente a los retos familiares, nacionales y mundiales.El poder transformador de la enseñanza: El papel fundamental de Jesús como maestro y cómo su palabra tiene el poder de hacer arder nuestros corazones incluso cuando los problemas no han desaparecido.Una invitación decisiva: ¿Estamos dejando ir a Jesús por falta de pasión o lo invitamos a quedarse a la mesa con nosotros?.Es momento de abrir las Escrituras, sentarnos a la mesa y permitir que nuestros ojos se abran a la presencia del Resucitado.Basado en Lucas 24:13-35www.ivelissevalentin.comwww.linktr.ee/ivelissevalentin
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