Mientras esperamos Dios trabaja

El tiempo de espera es también tiempo de gracia. Mientras esperamos Dios trabaja.

Los ojos de Dios ven nuestra vulnerabilidad, cansancio y soledad, aunque otros no se den cuenta. Es por eso que en nuestro tiempo de espera Él está trabajando y reclutando trabajadores para que en su nombre nos traigan esperanza. La misión de Dios es colectiva. Dios necesita tus manos y las mías.

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En aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia. Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y desamparadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es mucha y los trabajadores, pocos. Rueguen, por lo tanto, al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos". Después, llamando a sus doce discípulos, les dio poder para expulsar a los espíritus impuros y curar toda clase de enfermedades y dolencias. Les dijo: "Vayan en busca de las ovejas perdidas de la casa de Israel. Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues, gratuitamente". (Mt 9:35-10:6-8)

El Dios del cristianismo es uno que mira y se ocupa. Pero también es uno que involucra su creación en los procesos transformadores. Ser cristiano tiene como misión fundamental ocuparse del otro y la otra. Nos toca aprender a ver con los ojos de Jesús dónde hay necesidad. Para eso Jesús nos ha mirado antes, nos ha sanado y nos ha dotado de dones y talentos para que podamos extender esa sanidad a otros.

Conforme al texto, tres son las tareas que ejecutaba Jesús: enseñar, predicar y curar. Esas mismas son las tareas que Jesús nos encomendó, dándonos la capacidad para llevarlas a cabo. Este texto, muy ligado a los relatos del reino y los talentos, nos reta para responder afirmativamente al llamado de Jesús. Pero para poder enseñar, predicar y curar, el primer paso es aprender a ver las necesidades y desarrollar un corazón compasivo ante ellas. Sin esa transformación interior y sin el ingrediente del desinterés y la gratitud, la labor cristiana se convierte en esa práctica de la ley que mata en lugar de dar vida. 

Lo que se recibe de gratis se comparte de gratis.

En la gratuidad está el fruto genuino de un corazón que se ha encontrado con Jesús.

Si estás cansado, extenuado o te sientes desamparada, pronto llegará tu ayuda, porque Dios ha enviado obreros a tu rescate.

Oremos: Señor, mi corazón está agradecido por las veces en las que has mirado mi angustia y has salido a socorrerme. Hoy deseo responder afirmativamente a tu llamado para ser tus labios, tus manos y tus pies y poder dar por gracia lo que por gracia he recibido.

¡Gracias por su vista!

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